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25 agosto 2026

Almagro baja el telón: Morante manda, Manzanares borda y Roca Rey deja su sello

 

En Almagro las piedras saben de teatro. Lo llevan escrito en las fachadas, en los balcones, en el Corral de Comedias y en esa manera tan suya de guardar la memoria. Pero ayer la representación cambió de escenario. No hubo telones pintados ni candilejas. Hubo arena, capotes, muletas y seis toros (ocho, con los sobreros). Y hubo tres hombres llamados a interpretar una obra que, por momentos, tuvo compás de soleó, silencios de teatro y finales de bulería.

La plaza se llenó. Y cuando se llena una plaza así, el público no viene solamente a mira, viene a esperar que suceda algo.

Sucedió.

Primer acto. Morante y el compás del mando

Morante salió a escena y la tarde adquirió otra respiración.

Hay un toreo que necesita explicarse y otro que simplemente ocurre. El suyo pertenece al segundo. Morante no parece entrar en la plaza para conquistarla, sino para ponerla en su sitio. Un capotazo, una pausa, una manera de quedarse quieto y esa chicuelina que alborota todo, y ya parece que alguien ha bajado el volumen de todo lo demás.

Con el primero encontró pronto la música. Toreó con esa clase y elegancia que le caracteriza, dejando que cada muletazo tuviera su principio y su final. El toro embistió y Morante respondió desde la serenidad, como quien conoce de memoria una melodía antigua. La faena tuvo el perfume de lo que no se aprende en los libros: duende. Dos orejas.

El cuarto lo exigió otra conversación. Tuvo que tirar de oficio, porque hubo menos regalo. Morante no se apartó del papel que había venido a interpretar. Buscó, esperó, midió y terminó encontrando el camino. Al natural llegaron los mejores pasajes de esta obra. Una oreja para el esportón.

Morante había cumplido su papel de protagonista principal; mandar cuando el toro quiso y mandar todavía más cuando el toro no quiso.

Segundo acto: Manzanares y la obra del quinto

Entró Manzanares en escena con la elegancia de quien no necesita levantar la voz para llenar un teatro.

Su primer capítulo fue de esos en los que el torero quiere y el toro no termina de acompañar. La faena quedó condicionada por la falta de transmisión del animal, que fue el segundo bis, ya que el primero tuvo que ser devuelto por falta de fuerzas. Ovación.

Pero el teatro, como la tauromaquia, guarda siempre un último secreto. Estaba en el quinto.

Allí apareció otro toro y, con él, otra posibilidad. Manzanares no la dejó escapar. Se colocó donde había que colocarse y comenzó a construir despacio. Sin buscar el golpe de efecto. Sin pedirle al público que admirara cada pase. Simplemente toreando.

La derecha tuvo limpieza. La izquierda aportó profundidad. Y entre una y otra fue apareciendo algo que no se puede fabricar: la belleza cuando nace de la naturalidad.

La faena creció sin estridencias, como crecen las grandes escenas cuando el actor no necesita levantar la voz. Hubo incluso emoción cuando el torero fue prendido sin consecuencias.

Y en Almagro, donde tantas veces se ha hablado de arte desde un escenario, aquella tarde el arte estaba en la arena. Dos orejas y rabo. El quinto había encontrado a su intérprete.

Tercer acto: Roca Rey escribe su propio final

A Roca Rey le correspondió primero el papel menos agradecido.

El tercer toro quedó fuera de combate al golpearse contra el burladero. Salió el tercero bis que no ofreció al peruano demasiadas posibilidades. Roca lo intentó, insistió y se quedó delante de un toro que no quería entrar en la historia.

No hubo premio, pero sí ovación porque hubo toreo.

Y eso también forma parte de una tarde de toros: saber permanecer cuando la inspiración no llega desde el otro lado de la muleta.

La plaza lo reconoció.

Pero todavía quedaba el sexto.

Y allí Roca Rey decidió que el final no podía ser de puntillas.

Se fue de rodillas y puso la plaza en tensión. Los pases cambiados por la espalda hicieron que el respetable se pusiera en pie. Continuó poniendo el cuerpo cerca del pitón, la muleta por delante, la apuesta hecha. Después fue ganando terreno con la mano derecha, ligando los pases y haciendo que el toro siguiera el trazo.

No hubo medias tintas.

Roca Rey entendió que aquel era su momento y lo exprimió hasta el último compás. En el epílogo volvió a arrodillarse, como    quien firma al pie de una obra antes de entregar el manuscrito. Dos orejas

Y entonces sí: Roca Rey dejó su sello en Almagro.

Telón

Y así terminó la tarde.

Morante puso el duende.

Manzanares encontró la belleza.

Roca Rey puso el poder.

Tres toreros, tres lenguajes, tres formas de llenar una misma escena.

Y quizás ahí estuvo lo más hermoso de la tarde: que cada uno escribió su propio acto sin borrar el del compañero. El primero habló en flamenco bajo. El segundo dibujó la elegancia. El tercero cerró con se punto de riesgo y determinación que convierte una faena en acontecimiento.

Almagro tiene un Corral de Comedias donde durante siglos se ha levantado el telón para contar historias.

Ayer, el telón se levantó en la plaza.

Y la historia la escribieron tres toreros frente a seis toros.

Cuando cayó el telón, la arena quedó llena de huellas.

Y en el aire, como después de un buen cante, quedó algo que no se puede recoger ni guardar: el duende de una tarde que, por unas horas, hizo de Almagro un teatro donde el toreo fue la única obra posible.

En Almagro, esta tarde, el toreo no se representó: se vivió.

Ficha técnica

Con lleno en los tendidos en una tarde agradable, se lidió un encierro de Cayetano Muñoz de juego desigual destacando la calidad del lidiado en quinto lugar. El 2 y 3 fueron devueltos y salieron los sobreros del mismo hierro.

Morante de la Puebla: dos orejas y oreja

Manzanares: ovación tras aviso y dos orejas y rabo

Roca Rey: ovación y dos orejas.

Incidencias: Se desmonteró Diego Vicente en el segundo y Viruta y Paquito Algaba en el sexto.